MIS COSAS

 

 

DE CUENTOS Y SUEÑOS

¿A DÓNDE VAN LOS CUENTOS QUE NO ESCRIBIMOS?

Hoy quiero compartir con vosotros una idea que me ronda la cabeza hace algún tiempo. No quiero que caigan en el olvido los cuentos que nos inventamos ‘Pancibola’ y yo. Me gustaría grabar nuestras “sesiones de imaginación desbordante”. Dejar -de alguna manera- constancia de esos momentos, momentos que no tienen parangón con cualquier capítulo de “Patrulla Cansina”, al menos para mí. Son instantes efímeros que no quiero perder. Que me gustaría que perduraran, poder echar mano de ellos cuando la nostalgia aprieta, reírnos en un futuro de las tonterías que hacíamos de cómo nos los pasábamos. Pero también pienso que perderíamos espontaneidad.

Así que en un alarde de ingenio se me ha ocurrido, atención redoble: Ir escribiendo lo que voy recordando porque claro, (quitando algunos juegos de rol que nos montamos de día), el tema ‘cuentil’ lo reservamos para la noche, noche que termina irremediablemente (en más de una ocasión -y de veinte-) conmigo acurrucada en los brazos de Morfeo -a veces, antes incluso que mi pequeñín-.

Y entonces sueño, y sueño con recopilar todos esos momentos, esas notas, esas ideas fantásticas fruto de la imaginación desbordante de una mente de dos años (y la mía, que no me quedo corta, a poco que me conozcas sabrás que “se me va” y mucho). Sueño con poder darle forma, con escribir un libro de cuentos, un libro con “capítulos abiertos”, para que otras mamás -y otros papás- puedan improvisar sobre la marcha (desde palabras en blanco hasta frases completas) y retomar la historia para que vaya cada vez haciéndose más y más surrelista.

Y entonces pienso, igual no es tan mala idea, igual hay mercado para algo así. Un cuento que podría tener una segunda versión para más mayores, donde -a modo de “Scattergories”– se van rellenando listados por categorías numeradas que se irán introduciendo a lo largo de la historia en su correspondiente número.

Y entonces dudo y descarto la idea.

Y entonces llega la noche, y volvemos a retomar la historia por donde -más o menos recordábamos- y seguimos adelante, con nuevos personajes, nuevas voces, nuevas risas… Nuevos momentos increíbles.

Y entonces me vuelve la idea (los que me conocéis ya sabéis que soy de montarla en mi ‘tiovivo mental’ con un taco de fichas, y los que no, pues ya os lo digo, las doy vueltas, las mareo, las mastico y cuando están bien baboseadas, las descarto del todo o las pongo en marcha).

Y me digo a mí misma: “Qué bien nos vendría tener algo (un libro, por ejemplo) para poder continuar donde nos quedamos. Para poder ir anotando los nombres inventados, rellenando con nuestras ocurrencias los espacios en blanco y sorprendernos al pasar la página con la evolución de nuestra aventura“.

Y entonces -como que no quiere la cosa- hablo con mi gurú, y sin necesidad de mencionar lo que me rondaba la cabeza, ella saca el tema. Me habla de sus avances con el libro, contagia su ilusión, ella es así. Una Starseed.

Y entonces me replanteo el “proyecto” y me digo, ¿qué pierdo por probar?

Y pienso, ¿no sería un regalo perfecto para mi Pancibola?. Un libro ¡escrito por su madre! (una mujer de ciencias puras, metida a bloguera del tres al cuarto, que fantasea con ser escritora).

Una madre que tiene más defectos que virtudes, que se enfada, que se ve desbordada y pierde los nervios, la misma que levanta la voz, castiga y fija normas absurdas. Y que -a la vez- es la madre que mima, que abraza, que daría su vida por ti, con la que puedes pasar -por arte de birlibirloque- del llanto a la risa (esos ataques de risa absurdos, que nos dejan al borde de la apnea).

Una madre con la que-inevitablemente- pasarás vergüenza de vez en cuando… Una madre que lo intenta hacer lo mejor que puede, pero que comente infinitos errores, algunos fruto de la inexperiencia otros fruto del cansancio.

Sí, no soy la mejor madre del mundo, ni quiero. Podría opositar para mala madre (sin necesidad de temario). No sé cocinar, destrozo la ropa con las coladas, no me organizo como debiera y luego todo son prisas, le he regalado su propio móvil (uno viejuno que había por casa) en el que le pongo dibujos para que -de vez en cuando- me dé un respiro y pueda ir al baño sola. No puedo cogerle en brazos tanto como me gustaría, ni echar largos partidos de fútbol, ni -si me apuras- una carrera a casa desde el parque. Tengo muchísimas limitaciones y no gestiono con la precisión deseada esto de la maternidad (lo intento, pero todo son contratiempos, cambios de última hora.. en fin, agenda de madre).

Estaría genial que tuviese un motivo para sentirse orgulloso de mí. Para fardar con sus amiguitos en el cole: “Pues mi mamá es la autora del libro que te regalé, ese que tanto te gusta”. Tampoco voy a soñar a los grande (que me lo publiquen, o ganar un Pulitzer), que ni soy escritora, ni tengo idea de por dónde empezar.

En serio, ¿ésto cómo se hace?

¿Voy escribiendo y cuando tenga algo medio decente lo guardo en pdf. Pongo un enlace para que se lo descargue el que lo quiera?

¿Lo comparto en un foro de escritores noveles?

¿Se lo envío a ‘reseñeros’ a ver si -con suerte- a alguno (de los que tengan a bien leerme) le gusta y me hace una crítica?

¿Cómo lo doy a conocer?

Me parece realmente complicado. Aunque me haría muchísima ilusión poder inmortalizar un momento, congelar un instante de una etapa tan rápida como es la infancia, ponerle un imán y dejarlo ahí, bien pegado en la nevera de la memoria.

Porque aunque ya no recordemos esas noches de risas, de leones que vienen y piden “macadones y un helado de caca”, de tantas y tantas situaciones que hemos creado, aunque olvidemos las carreras que echábamos cada uno en nuestra cama -convenientemente transformaba- en ‘chorrocientosmil’ cachivaches psicodélicos. De los ratos muertos que pasábamos abrazados hablando de “nuestras cosas” y me confesabas “pefiedo hacé caca en el zuelo, mamá, en váte zolo piz” (con una solemnidad que me hacía replantearme la viabilidad del tema). Y cómo semejante confesión terminaba formando parte de última historia (a la que hice referencia hace un momento) en la que terminamos montando un restaurante donde los “platos exitosos” se hacían con plastilina de caca. (El tema ‘guarricie’ no sé por qué motivo, siempre está presente)

Aunque olvidemos todos nuestros momentos… Quedará un cuento, un cuento creado por y para nosotros, algo que fue mágico y me gustaría compartir con otros niños, con otras madres… ¡¡Con el mundo!!

Unas páginas que guardan un cúmulo de recuerdos -y marranadas-, pero así es cómo somos ahora, pequeño, unos marranetes y es lo que nos gusta.

Desearía poder inmortalizar un momento, congelar un instante de una etapa tan rápida como es la infancia, ponerle un imán y dejarlo ahí, bien pegado en la nevera de la memoria.Haz click para twittear

DE CUENTOS Y SUEÑOS

¿A DÓNDE VAN LOS CUENTOS QUE NO ESCRIBIMOS?

Hoy quiero compartir con vosotros una idea que me ronda la cabeza hace algún tiempo. No quiero que caigan en el olvido los cuentos que nos inventamos ‘Pancibola’ y yo. Me gustaría grabar nuestras “sesiones de imaginación desbordante”. Dejar -de alguna manera- constancia de esos momentos, momentos que no tienen parangón con cualquier capítulo de “Patrulla Cansina”, al menos para mí. Son instantes efímeros que no quiero perder. Que me gustaría que perduraran, poder echar mano de ellos cuando la nostalgia aprieta, reírnos en un futuro de las tonterías que hacíamos y cómo nos los pasábamos. Pero también pienso que perderíamos espontaneidad.

Así que en un alarde de ingenio se me ha ocurrido, atención redoble: Ir escribiendo lo que voy recordando porque, claro, (quitando algunos juegos de rol que nos montamos de día), el tema ‘cuentil’ lo reservamos para la noche, lo que termina irremediablemente (en más de una ocasión -y de veinte-) conmigo acurrucada en los brazos de Morfeo, a veces, antes incluso que mi pequeñín.

Y entonces sueño, y sueño con recopilar todos esos momentos, esas notas, esas ideas fantásticas fruto de la imaginación desbordante de una mente de dos años (y la mía, que no me quedo corta, los que me conocéis sabéis bien que “se me va” y mucho). Sueño con poder darle forma, con escribir un libro de cuentos con “capítulos abiertos”, para que otras mamás -y otros papás- puedan improvisar (desde palabras en blanco hasta frases completas) y retomar la historia para que vaya cada vez haciéndose más y más surrelista.

Y entonces pienso, igual no es tan mala idea, igual hay mercado para algo así.

Y entonces dudo y descarto la idea.

Y entonces llega la noche, y volvemos a retomar la historia por donde -más o menos recordábamos- y seguimos adelante, con nuevos personajes, nuevas voces, nuevas risas… Nuevos momentos increíbles.

Y entonces me vuelve la idea (los que me conocéis ya sabéis que soy de montarla en mi ‘tiovivo mental’ con un taco de fichas, y los que no, pues ya os lo digo, las doy vueltas, las mareo, las mastico y cuando están bien baboseadas, las descarto del todo o las pongo en marcha). Y me digo a mí misma “qué bien nos vendría tener algo (un libro, por ejemplo) para poder continuar donde nos quedamos. Para poder ir anotando los nombres inventados, rellenando con nuestras ocurrencias los espacios en blanco y sorprendernos al pasar la página con la evolución de “nuestra aventura”.

Y entonces -como que la cosa no quiere- hablo con mi gurú, y sin necesidad de mencionar lo que me rondaba la cabeza, ella saca el tema. Me habla de sus avances con el libro, contagia su ilusión, ella es así. Una Starseed.

Y entonces, me replanteo el “proyecto” y me digo, ¿qué pierdo por probar?

Y pienso, ¿no sería un regalo perfecto para mi Pancibola?. Un libro ¡escrito por su madre! (una mujer de ciencias puras, metida a bloguera del tres al cuarto, que fantasea con ser escritora). Una madre que tiene más defectos que virtudes, que se enfada, que se ve desbordada y pierde los nervios, la misma que levanta la voz, castiga y fija normas absurdas. Y que -a la vez- es la madre que mima, que abraza, que daría su vida por él, con la que puedes puedes pasar -por arte de birlibirloque- del llanto a la risa (esos ataques de risa absudros, que nos dejan al borde de la apnea), con la que pasarás vergüenza de vez en cuando… Una madre que lo intenta hacer lo mejor que puede, pero que comente infinitos errores, algunos fruto de la inexperiencia otros fruto del cansancio.

Sí, no soy la mejor madre del mundo, ni quiero. Podría opositar para mala madre (sin necesidad de temario). No sé cocinar, destrozo la ropa con las coladas, no me organizo como debiera y luego todo son prisas, le he regalado su propio móvil (uno viejuno que había por casa) en el que le pongo dibujos para que -de vez en cuando- me dé un respiro y pueda ir al baño sola. No puedo cogerle en brazos tanto como me gustaría, ni echar largos partidos de fútbol, ni -si me apuras- una carrera a casa desde el parque. Tengo muchísimas limitaciones y no gestiono con la precisión deseada esto de la maternidad (lo intento, pero todo son contratiempos, cambios de última hora.. en fin, agenda de madre).

Estaría genial que tuviese un motivo para sentirse orgulloso de mí. Para fardar con sus amiguitos en el cole: “Pues mi mamá es la autora del libro que te regalé, ese que tanto te gusta”. Tampoco voy a soñar a los grande (que me lo publiquen, o ganar un Pulitzer), que ni soy escritora, ni tengo idea de por dónde empezar.

En serio, ¿ésto cómo se hace?

¿Voy escribiendo y cuando tenga algo decente lo guardo en pdf y pongo un enlace para que se lo descargue el que lo quiera?

¿Lo comparto en un foro de escritores noveles?

¿Se lo envío a ‘reseñeros’ a ver si -con suerte- a alguno (de los que tengan a bien leerlo) le gusta y me hace una crítica?

¿Cómo lo doy a conocer?

Me parece realmente complicado. Aunque me haría muchísima ilusión poder inmortalizar un momento, congelar un instante de una etapa tan rápida como es la infancia, ponerle un imán y dejarlo ahí, bien pegado en la nevera de la memoria.

Porque aunque ya no recordemos esas noches de risas, de leones que vienen y piden “macadones y un helado de caca”, de tantas y tantas situaciones que hemos creado, aunque olvidemos las carreras que echábamos cada uno en nuestra cama -convenientemente transformaba- en ‘chorrocientosmil’ cachivaches psicodélicos. De los ratos muertos que pasábamos abrazados hablando de “nuestras cosas” y me confesabas “pefiedo hacé caca en el zuelo, mamá, en váte zolo piz” (con una solemnidad que me hacía replantearme la viabilidad del tema). Y cómo semejante confesión terminaba formando parte de última historia (a la que hice referencia hace un momento) en la que terminamos montando un restaurante donde los “platos exitosos” se hacían con plastilina de caca. (El tema ‘guarricie’ no sé por qué motivo, siempre está presente)

Aunque olvidemos todos nuestros momentos… Quedará un cuento, un cuento creado por y para nosotros, algo que fue mágico y me gustaría compartir con otros niños, con otras madres… ¡¡Con el mundo!!

Unas páginas que guardan un cúmulo de recuerdos -y marranadas-, pero así es cómo somos ahora, pequeño, unos marranetes y es lo que nos gusta.

Desearía poder inmortalizar el momento, congelar un instante de una etapa tan rápida como es la infancia, ponerle un imán y dejarlo ahí, bien pegado en la nevera de la memoria.Haz click para twittear

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