DE GREMLINS Y AÑOS

Publicada el 30/03/2018

 

Hoy os voy a hablar sobre “cómo ser mamá -viejuna- y no morir en el intento”.

Como ya os he comentado en más de una ocasión, llevo bastante bien lo de ser madre añosa y achacosa. Pensaba que sería la abuela del parque. Pero qué va. Tampoco he tenido nunca complejo de “ser una señora, o demasiado mayor para…”. Es más sigo usando pantalones cortos, minifaldas y demás complementos que solo usamos las ‘quince-veinteañeras’, Ana Obregón y yo. Ropa impropia de mi madurez, que me pongo de vez en cuando, fruto de un ataque de demencia -en concreto, demencia senil-.

Vamos, que lejos de los bríos juveniles que esperaba encontrar en las ‘mariparques’ encontré mucha ‘mariañosa’ de mi quinta. Hecho que ya intuía yo… Cuando en las clases de preparación al parto tenía una compañera de preñez ‘cuasicincuentona’ (39 añitos y primeriza -que sin ser por racismo, especificaré su etnia- gitana. Y lo hago porque tienen fama de procreación tempranera, ‘cuasipostpubertariana’).

Como decía, nos hicimos ‘compipanza’ y de hecho seguimos en contacto por el ‘coñacérrimo’ grupito de whatsapp (debería estar prohibida una duración mayor a una semana, un mes, un año… O lo que sea que dure el evento en cuestión).

Grupo creado en octubre de 2015 para gestantes con sed de conocimiento.

Total, que somos una ‘ciberpandi’ de 34 ‘expreñonas cuasicuarentonas y preocuponas’ con cerca de tres años de antigüedad ‘grupística’.

Grupúsculo en el que se tocan temas tan interesantes como “la lactancia materna a partir del año es aguachirri”, “el fascinante mundo de los piojos”, enfermedades que parecen inventadas pero apoyadas con datos wiki (como el  ‘boca-mano-pie’, os animo a buscarlo). Y así se despliega el catálogo “mil y una historia para no dormir” que engloba desde niños convulsionando por un catarro, fotos de pañales, granitos y cualquier tipo de ‘porquericie’ extrema que en tu hijo -a duras penas- toleras. Pero de verdad, ¿qué necesidad tengo yo de ver los ‘mocazos’ verdes de tu hijo, o la diarrea explosiva de tu princesita?. Pues ninguna.

El caso es que son unas 17 en activo (otras que solo leen los mensajes y otras que -como yo- siguen en el grupo, pero silenciado).

Antes, cuando participaba más de la animada charleta virtual. Hasta que me espantaron con el tema ‘guarricie’ (que ya apuntaban maneras las de las fotos -no os nombraré, pero sabéis quienes sois- de las episotomías, estrías, pezones ‘ensangrietados’). Pues como decía, por aquel entonces, cuando era un alma pura e inocente… Me di cuenta de una cosa (además de que la escatología mola… Y no. Por ejemplo, cuando es muy explícita da ‘asquitus tremebundis’). Y es que nuestras maternidades añosas llevan consigo una pesada carga, la edad.

Total, que cuando me duele infinito la espalda de cargar con ‘coqueto’, dormir hecha un nudo con el Koala encima y achaques varios que me vienen de serie -más los propios de la edad-. Me doy cuenta de que ya no tengo veinte años, que las noches en vela pesan, que te cansas in extremis por cuatro carreras ‘parqueriles’… Y me da por cavilar con preocupación e insistencia -o de forma profunda y minuciosa- sobre la energía vital que he perdido en la última década.

Reflexión que suele terminar dando gracias por tener la edad que tengo a la hora de afrontar este reto. 

Así que por aquello de inclinar  la balanza -un poco- y compensar tanta entrada ‘quejicosa’, paso a enumerar cosas para las que mi viejuna mente me ha sido provechosa (no solo para sacar el máster genérico de crianza -el que te dan al salir del paritorio-). He aprendido y mucho sobre tácticas maternales, trucos mentales y demás asuntos místicos que recibes cual extras con la experiencia maternal. Estrategias que curiosamente solo funciona con tu descendencia y/o si tu método es aplicado única y exclusivamente por ti. “Bienvenidos a la nave del misterio”

Bueno, como decía entre el acervo de cosas que asiduamente hago fatal, paso a enunciar las que con toda probabilidad hubiese hecho peor siendo más joven.

ENCOMIÁSTICAS DE SER UNA MADRE AÑOSA:

  • En otros tiempos hubiese sido más ‘preocupona’. Porque -llamadme rara- pero me gusta pensar que con el tiempo una se vuelve más eficiente a la hora de cribar la información que recibe, a la hora de valorarla. Una se documenta mejor, entiende mejor… Y todas tus capacidades racionales funcionan a pleno rendimiento.
  • En otros tiempos hubiese sido más egoísta. Esto de vivir por y para el fruto de tu ser es agotador. Seguramente hubiera delegado (para salir una noche, ir al cine… O hacer cualquier cosa rodeada de adultos). Tampoco me veo yo con 20 años muy responsable como para criar un hijo, con los sacrificios que ello conlleva.
  • En otros tiempos hubiese sido más orgullosa a la hora de pedir ayuda y/o favores, pero ser madre es lo que tiene, a veces es necesario. Entonces mastico mi orgullo, me lo trago y con una sonrisa continúo. El orgullo es algo que tarde o temprano te toca domar. He ido aprendiendo no sé si por edad, palos o maternidad a mantener la ‘zenialidad’, a ignorar lo que no aporta, quitar hierro, dejar estar y excluir de mi ya neurótica mente las tontunas que en otros tiempos probablemente me hubiesen hecho saltar o me hubiera intimidado tanto consejo de ‘expertólogo’. (Ya dedicaré una entrada a esta fauna)
  • En otros tiempos hubiese sido más melodramática. No sé si es fruto de la maternidad o de la edad, pero he aprendido a tomar en consideración los temas de envergadura. No pillarme un sofoco por cualquier ‘tontuna’. Empieza a parecerme insignificante todo aquello que con el tiempo no tendrá importancia alguna, ¿qué trascendencia puede tener que el niño tire un par de macarrones al suelo vistas a dos años?, si le escapa un pis en el calzoncillo. Un accidente que en cinco años echaré ‘tantérrimo’ de menos… Que tiene cero importancia.
  • En otros tiempos hubiese sido más introvertida. Más cortada para preguntar, para reafirmar mi manera de criar, para defender mi instinto, para pautar en conversaciones -de la forma más civilizada posible- hasta aquí te permito llegar y el resto no te importa. En realidad pienso que es un aprendizaje por décadas de experiencias y que te es de utilidad en la maternidad
  • En otros tiempos hubiese sido una madre más seria, con menos manchas en la ropa, menos cestos llenos de sábanas (meadas o vomitadas) en espera de colada. Hubiese sido más de humor infantiloide, menos proclive a arañar y enmarañar el absurdo, romper las reglas de la cotidianidad.
  • En otros tiempos hubiese sido más formal, hubiese hecho menos payasadas, probablemente por vergüenza. Y por vergüenza -con toda seguridad- no hubiese ido cantando (por la calle a pleno pulmón) “Bartolito era un gallo…”, “La vaca loca” o lo que fuera que se me ocurriera en ese momento para sacar a mi retoño de una crisis ‘preberrinche’ y robarle unas risas.
  • En otros tiempos hubiese sido menos entusiasta, no lo fliparía a diario con la ‘megasuerte’ de hijo que tengo, que no podría ser más simpático y más salao. Posiblemente hubiera dado todo por sentado, sin valorar cada aprendizaje, cada, gesto, cada palabra…
  • En otros tiempos hubiese sido menos besucona. Con el paso del tiempo he aprendido que lo más juicioso es no guardarse ningún te quiero, ningún abrazo, ningún beso, ninguna carantoña, ninguna felicitación (más que por cumpleaños, por proezas). Que, oye, si el tema es celebrar, se celebra ahora y punto. Que las fiestas nunca están de más.

Y que si bien es verdad que con 15 años menos hubiese estado más lozana, más en forma y menos cascada… Podría jugar incansablemente con él a correr, al fútbol. Cargar con él a hombros -recorriendo largas distancias sin quedar al borde de la extenuación-. Aguantaría mejor las noches en vela y ‘chorrocientasmil’ virtudes más.

También es cierto que con 23 años no tenía la cabeza que tengo ahora, es más en mí no habitaba ni un ápice de sensatez. Que no tendía la curiosidad ni la dedicación imprescindibles para criar a tu vástago sin morir en el intento o acabar neurótica profunda. Que tampoco obtendría la satisfacción que ahora sí disfruto al ver lo pequeños logros de mi retoño. Ni me pasaría horas muertas haciendo el bobo en la cama con él. Ni tendría la paciencia infinita de la que ahora presumo…

Porque, a fin de cuentas, prefiero que me recuerde como una madre pegajosa, babosa y abrazosa, que por haberme excedido en regañinas y contenido en te quieros.

Pero ni aún con toda la ‘zenialidad’ adquirida logro liberarme de esa sensación angustiante, de esa ‘mamipreocupona’ que llevo dentro. De lo perturbador que me resulta no hacer una lista de normas, para cuando Pablo va de visita al pueblo de su padre. Y es que ni toda la ‘zenialidad’ del mundo pueden evitar que una neurótica como yo haga un listado con las normas restrictivas más absurdas del mundo. Una lista misteriosa con cierto halo catastrófico, que ríete tú de las tres normas para tener a Gizmo tranquilo.

En primer lugar, quiero aclarar que intento mantener una buena relación con su padre para facilitar las cosas y porque nos llevamos bien. Es de justicia reconocer que no necesito mucho para entregarme al desvelo y desasosiego, sea de la índole que sea. Esto es así. Pero me hiela la sangre cada vez que preparo su bolsa de viaje -ains- preparando pañales, ropita de muda, de abrigo… Cremita para el culo, para el cuerpo, de protección solar, el arnidol* (que no falte), el arnidol pic (por si le pica un mosquito), desinfectante de manos, botellita de agua, cepillo para el pelo, de dientes, crema dental…  Resumiendo, meto de todo porque además de ‘preocupona’ soy previsora -y un poco ‘neurasténica’-.

*Desde aquí hago un llamamiento a los de Arnidol (igual alguno me lee), por si me quieren patrocinar la entrada… O al niño directamente)

Y esto es solo para ir a comer y echar la siesta. Ahora empezaré a preparar la ‘megabolsaca’ para el día con pernocta. Que Dios nos pille confesados. El caso es que tengo la neurona ‘preocupona’ atareada estos días dándole más vueltas que una lavadora al tema -es mi rollo, dar vueltas a una idea hasta que la mareo, de rumiar cualquier preocupación para que se quede toda mordisqueada, babosa y fácil de tragar-.

Tema comidas:

En el tema alimentación no me preocupo mucho, porque mi niño come de todo y en cantidades industriales, así que por un día o dos al mes que pueda comer una hamburguesa o pizza con su padre y hermano, ni me preocupo. Cuando era más pequeño pues sí, porque me exasperaba cuidar su alimentación al detalle, sus cereales para desayunar, su yogur o fruta para almorzar, sus verduritas con carne, pescado, pollo… (lo que toque), su fruta o yogur de postre… Así un larguísimo etcétera. Y me daba un parraque cuando se le ofrecía alguna ‘chuminada’ que se salía del régimen ‘sanérrimo’ que llevaba mi vástago.

Y yo tan petulante fardando de los percentiles de mi niño. Como si todo se debiera a la alimentación. Que claro, hay que ver a los padres, que los hay de metro y medio que pretenden que su retoño con fórmulas magistrales tipo ‘pediasure o herbalife’ alcance los dos metros, eso sí, de puro músculo. ‘Haberlos haylos’.

Con esto me refiero a que cuando veo a su hermano o padre dándole chuches o metiéndolas de contrabando en la bolsa, me parece bien. Es más, hasta me las como yo. A esto me refiero con la ‘zenialidad’ adquirida, sea por años o por maternidad. Puedes discernir en el momento si es algo trascendental o ‘intrascendental’ Para que merezca algún grado de preocupación.

Por ese bando estamos cubiertos, así que zanjo el tema comidas.

Tema cuidados: 

Por aquí de momento vamos regulín, mi pobre no se quiere quitar ni el abrigo, aunque se muera de calor. También pretendía dejarse puestos los zapatos hasta en la cama, por si salían de casa, estar listo y preparado. Tampoco hay forma de que su padre le pueda cambiar un pañal, como para intentar desnudarle y que vaya al orinal.

Luego está su hermano que con su celo cooperador se esfuerza sobremanera intentando convertir a Pablo en un ‘miniél’ precoz y presuntamente mejorado. Desde intentar darle de comer, hasta su impaciencia porque ‘Pancibola’ hablase, andase, corriese…. Y todos los extras que – en teoría- vienen con un hermano, para poder jugar como es menester.

He de reconocer que me perturba ver cómo sujeta a Pablo cual luchador grecorromano para intentar levantarle (en este punto matizo que de peso no se llevan tanto como por edad correspondiera y que mi querubín tiene más culo que su hermano -y más que yo-. Así que imaginad el esfuerzo para aupar a ‘Croqueto’). Cómo le ‘trinca del pescuezo’ para que mire hacia delante en las fotos. O le chinchaba durante la etapa de introducción a la ‘alimenticie’. Total, que al final no comía ni el uno ni el otro.

Me preocupo de más, le doy la importancia que no tiene a confidencias que puede hacerme un niño de dos años. Un niño que lo mismo me cuenta cómo le han pillado dos coches hace un rato y le han hecho ‘naño’, que me narra con pelos y señales una conversación que acaba de mantener con Winnie de Pooh.

La verdad es que en cuanto ‘Pancibola’ probó el condumio rico y poco sano’ lo prefiere (y quién no). Y ahora le ha dado por decir que la ‘fanahodia no guta’, que los ‘guizante’ tampoco… Y se pone tontorrón separando los alimentos por colores e intentando que no se toquen. Detallitos -he de reconocer- que despiertan en mí instintos de ‘madrepsicópata’ y me asaltan dudas arriesgadas -como comprobar si lanzando al niño con la suficiente fuerza consigo hacer que vuele-.

Total, que me voy por las ramas. Que cuando llegue el día en el que empiece a pernoctar, me veo haciendo una lista de normas y entregándosela al padre (rodeados por un halo de misterio, como aquél ‘chinorri’ se las confió al incauto inventor y recién estrenado criador de Gremlins). Solo que en este caso usaré formato tesis, “quince páginas, limpias, sin erratas, con muchos puntos clave, palabras rimbombantes…” y sus anotaciones a pie de página.

Empezando por sus horarios, que son los que son, me ha costado un montón mantenerlos y me aterroriza que se descontrolen. Mi gordi es muy rutinario, funciona mejor así y el más mínimo cambio (léase como no desayuno si el bol es azul -que es para legumbre y derivados-, o amarillo -que es para productos cárnicos-. En vez de rojo. Y no sólo se niega a desayunar, también empieza el día ‘con alegría’). Y así con infinidad de ‘rarecitas’ de viejo prematuro que tiene mi ‘gordiguapo’.

Un ejemplo del tema horarios podría ser:

Desayuna de 7:00 a 7:30.

Sobre las 8:00/8:30 baño.

Se viste para ir al cole, o para zanganear por casa.

A las 9:00 cole.

A las 10:00 recreo y/o paseo y almuerzo.

A las 12:00/13:00 (esto también depende de si es lectivo o no) come.

Después siesta salvaje.

Sobre las 14:30/15:30 se despierta y ‘premerienda’ (aquí lo mismo le da una pieza de fruta, que medio plato de judías con carne -o lo que sea- que esté comiendo yo).

Tiempo de desfogue lúdico salvaje (correr, saltar, hacer el mono o la cabra loca).

Rondando las 5:00 o como muy tarde las 6:00 ya está pidiendo la merienda, dásela o se pondrá ‘tontérrimo’ (nivel ‘sinsiesta’) y te la montará hasta para cenar.

En torno a las 7:30 ya nos vamos mentalizando que toca dejar de jugar y prepararse para la cena (recoger sus juguetes, hacer un pis, lavarse las manos, subir a la trona..).

A las 8:00 cena

Rato de aseo, pis, dientes, manos…

Para las 21:00-22:30 a mucho tardar ya debería estar ‘nunu’.

Y esto es sólo el comienzo

Porque claro, también habría lista con sus preferencias alimenticias, comidas recomendadas, permitidas, “vale, pero no me va a hacer gracia que se lo des” y prohibidas.

Y hablando de crianza respetuosa… He dejado de ser una maniática de la alimentación, ahora le compro hasta chuches. Pero me toca darle la turra para que coma tal y cual, porque desde que sabe decir no… La negatividad le acompaña.

También me he vuelto una cansina modo experto. No me gusta que coma chuches o cualquier cosa azucarada después de las seis (se pone loquísimo) esta sí es una norma Gremlin contundente. Empezará a gritar, cantar, bailar, saltar, correr como pollo sin cabeza… Y lejos de cansarse, luego le costará dormir.

Otra norma Gremlin podría ser la del baño, Pablo se baña por las mañanas, después del desayuno y la ‘cacota’ correspondiente. Intentarlo hacer a media tarde o entrada la noche es perder tiempo, paciencia y energía. Primero pondrá resistencia como primer aviso de la que se te viene encima (protestará si le mojas, si le enjabonas, si le aclaras, si se acaba el baño, si le secas…) Después entrará en un modo de niño hiperactivo (no sé, siempre se ha dicho que los baños relajan a los niños y por eso se suelen dar a última hora de la tarde, pero en el caso del mío es como una ducha eléctrica que le recarga las pilas). Mejor por las mañanas, infinitamente mejor.

Es un niño que come en demasía, no pasa nada porque picoteé algo ligero que le sacie de energía como una pieza de fruta o ahora hasta un helado. Vamos, las cosas que tenía prohibidísimas antes porque distrían su apetito despojándole de toda hambre para la vianda correcta (léase cosas que ‘enchichen’).

Y por ahora lo voy a ir dejando, que vaya chapa os he metido.

Hasta la próxima – si no estoy muy senil para recordar que tengo un Blog…- Nos despedimos el pequeño ‘semiemancipado reclamador de independencia espaciomaternal y yo.

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